viernes, 29 de febrero de 2008

OCIOSIDAD

Una vez mas, después de mucho tiempo, y por razones que en este momento no logro recordarlas, o las omito debido a la poca importancia que estas tienen, la vez pasada agarré el libro de Niezsche que se titula “Así hablaba Zaratustra” y de cierta forma, después de leer unos textos, tuve una inesperada inspiración que generó una reflexión y luego una crítica sobre el ocio. El ocio es un mal social que se encuentra tan metido y vendido en nuestras vidas que le vemos, hoy en día, como algo fundamental y necesario para poder vivir.

Todos los hombres, después de un dramático proceso de definición, nos establecemos una única y principal meta en nuestra vida que, a su vez, es una condición fundamental que nos hace seres humanos. Mientras que esta meta no se defina o no se logre establecer nuestra humanidad carece de razón y no somos seres. Efectivamente las metas van cambiando; así se establece, por ejemplo, un objetivo principal cuando se es joven, terminar el colegio, otro cuando se es adulto, formar una familia, pero siempre estas en su momento son las principales y las que dan el sentido a nuestra existencia. Todo nuestro trabajo y nuestros esfuerzos deben de estar dirigidos a cumplir este fin principal definido por nosotros. Y no se crea, se lo pido por favor, que la realización de esta meta es cosa fácil, todo lo contrario. Un duro y esforzado trabajo tendrá que realizar para sobrellevar cargas pesadas, resultados adversos y muchas otras dificultades de la lucha diaria.

Sin embargo el hombre es un animal que tiene muchas trabas que dificultan su existencia. Nos dejamos estar, evitamos el esfuerzo, buscamos el camino más corto y sencillo y nos extraviamos fácilmente. Ahora recién, y después de mucho tiempo de haber errado en solitario, pude comprender, desde mi trágica condición, que el causante de todas estas dificultades no es la naturaleza humana sino un mal impuesto por la sociedad denominado: ocio.

Defínase entonces al ocio como el tiempo libre sin acción que se dedica al descanso. En pocas palabras defino a la ociosidad como el estado en el que se encuentra el espíritu humano en donde impera una falta total de actividad y, si existe actividad esta es totalmente inútil e improductiva. Y aquí, en su propia definición, radica el principal problema del ocio: nuestro espíritu a falta de algo importante se fija o se ocupa en falsas cosas que carecen de valor. Véase esto, por ejemplo, en el enfermo que obligado a un descanso, debido a su enfermedad, se preocupa en reprochar su mal, acto que carece de sentido, y en imaginarse situaciones lejanas a la razón, traduzca esto como los sueños que posee un enfermo.

El espíritu así pierde su sentido o su contacto con la realidad y termina extraviándose. Aparecen entonces una serie de consecuencias nefastas para nosotros: se establecen no una sino mil metas a realizarse, se vive de la imaginación y por ende en un mundo de fantasías, no se frenan nuestros impulsos, se evita el trabajo y el esfuerzo, y se quiere estar en muchas partes pero al final no se está en ninguna, entiéndase esto también como querer hacer muchas cosas y no hacer nada. Así nuestro espíritu se escapa sin control en un extenso campo de fantasías. Lentamente vamos perdiendo nuestro brillo o potencial debido a los pensamientos diversos que imperan en nosotros.

Michel de Montaigne en sus ensayos trata al ocio queriendo explicar el terrible mal que este implica. El pone el ejemplo de un campo que no ha sido cultivado, este es fértil y tiene mucho potencial. Sin embargo si se deja a la deriva y no se lo cuida después de un tiempo saldrán mil clases de plantas silvestres y totalmente inútiles. El resultado final de esto es una tierra sin uso y fuera de nuestro servicio. Particularmente también he elaborado un ejemplo con respecto a este tema: recuerdo que en épocas del colegio teníamos un examen que consistía en trotar alrededor de una cancha de fútbol. Contábamos con quince minutos para realizar ocho vueltas sobre el área determinada. Se requería entonces de velocidad, resistencia y determinación. Todos los compañeros pensábamos que era una tarea fácil, pero, al llegar a la vuelta tres o cuatro nuestros cuerpos clamaban agua y un reposo que acabe con su terrible falta de entrenamiento. Aquellos que han entrenado y se esforzaron duramente realizaban el examen sin ton ni son ya que tenían a sus músculos con la disciplina necesaria para soportar la dura realidad que implicaba esta prueba.

De la misma manera los hombres deben de someterse a una cierta disciplina o regla que rija nuestra existencia. Al decir regla no me refiero a un sistema de norma moral ni ético, si no, a un orden que no nos permita caer en el caos y ponga nuestras miradas y esfuerzos hacia un único y principal fin. De esta forma nos mantendremos conectados con la realidad, frenaremos nuestros impulsos y a través del trabajo ganaremos las virtudes de constancia y moderación. Constancia que debe de aplicarse para soportar con ánimo los inconvenientes irremediables y las situaciones adversas y la moderación para que nuestras virtudes no caigan en el exceso, la degeneración y la corrupción.

No digo que el reposo sea algo malo, pero el hecho de descansar no implica que no hagamos nada. Después de un día agotador puede descansar leyendo un libro, pero no, juegue un juego, salga con sus amigos a tomar cerveza y emborracharse o duerma más de ocho horas. Ese es el descanso que nos venden. ¿Usted logra vislumbrar un grave problema? Por todas partes nos dicen que el ocio es bueno, que es necesario e importante para no estresarnos. Pero entérese que detrás de toda esta propaganda pro ocio se esconde todo un pensamiento y estilo de vida que implica no pensar y alejarnos cada vez mas de la reflexión. Es el sistema que nos induce a descansar sin hacer actividad alguna, a no pensar en nada importante y a vivir en un mundo de fantasías y de imaginación alejados de toda realidad. Mientras tanto la verdad es totalmente otra cosa: las injusticias se agravan, las utopías crecen, los incultos se reproducen y unos pocos aplican la ley de los menos en las masas. Pero nosotros estamos ociosos, con los ojos tapados y vegetando en nuestra inmundicia hecha de material de sueños.

Al fin y al cabo poco importa si no se fija en su alrededor o entorno social, no todos están hechos para mirar a su costado. Pero fíjese en usted mismo, y le puedo asegurar que su vida sería otra o mucho mejor si no ha recurrido al descanso inútil y sin producción efectiva. Sabio fue aquel que dijo que la vida es una obra en constante construcción y que todos los días y en todos los momentos, incluso mientras que dormimos, se debe de trabajar por auto realizarnos y llevar a la realidad nuestro plan de vida.

Cuando se está perdido y uno no se encuentra a si mismo, consecuencia del ocio, aparecen otros problemas, mucho mas graves, como: la drogadicción, el desempleo, la ignorancia, las locuras, los conflictos sociales y los suicidios. Todos son productos, en muchas ocasiones, de un ocio llevado al extremo. Quizás esto pase porque las personas llegan a un punto en el que están tan vacías, descontroladas y dispersas que ya no se encuentran desesperadas, si no, desesperanzadas.

Ordenar el desorden, efecto de la ociosidad, es mucho más difícil que desordenar una vida ordenada. Además, aquellos ociosos que quieren dejar de serlo, tendrán que trabajar el doble: primero para recuperarse y salir del pozo y luego para seguir con el camino interrumpido. Dura tarea para personas que han perdido el hábito del trabajo, del sacrificio y del esfuerzo.

Personalmente, yo también he sufrido los males del ocio. Por un tiempo mi mente se dispersó, mis caminos se bifurcaron y mis fantasías e impulsos me llevaron a querer hacer muchas cosas y no lograr realizar nada importante. Estuve así por más de dos años y aun hoy padezco los males y las consecuencias de mi ociosidad. Puedo citar haraganerías, sueños irreales, impulsos extraños, caminos perdidos y extravagancias sin sentido. Lo que mas me entristece es que en ese tiempo pude haber hecho algo importante, pero no lo hice y estoy acá luchando con males nefastos, más viejo y frustrado por el tiempo y los objetivos que no se recuperan. Espero poder mirar un día atrás y que mi espíritu se avergüence aun más de las quimeras monstruosas que engendró mi ánimo.